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Cerca de tu casa, musical de género social.

Gran ovación del público asistente ayer a la proyección de “Cerca de tu casa”, de Eduard Cortés, dentro de la sección de largometrajes a concurso de la 19 edición del Festival de Cine Español de Málaga.

La película analiza la injusticia de los desahucios en la sociedad española contemporánea, donde el Estado de Derecho deja de funcionar como debería y no protege a los ciudadanos. La solución que plantea la película es ejercer la libertad de asociación para enfrentar a los poderes fácticos influyendo en el aparato del Estado, incluso desde la desobediencia civil si hiciera falta.

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“Cerca de tu casa” dirige nuestra mirada a cuando estalla el problema de los desahucios. Los ciudadanos son las víctimas y las presenta en principio como un elemento pasivo. No se le puede imputar ninguna responsabilidad a un ciudadano que compra una vivienda para sentirse normal, animado por los bancos que le prestan el dinero para eso y más. Lo que no se ve en la película es que los ciudadanos sienten la necesidad de adquirir una vivienda para ser normales también jaleados por la publicidad y los gobiernos, que ven en ello una oportunidad de negocio en lugar de un derecho constitucional.

El poder legislativo ni se nombra en la película. Es sintomático porque realmente los diputados no han movido un dedo para atajar el problema y es lo que refleja Eduard Cortés en su cinta.

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El poder ejecutivo es cinismo puro. La reacción ante el problema es actuar a través de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado: los antidisturbios. Así convierte a las víctimas en culpables a la vez que esconde su responsabilidad de haber fomentado la burbuja inmobiliaria.

El poder judicial es retratado como un poder capaz de garantizar los derechos de los ciudadanos que tienen tiempo y dinero, algo de lo que carece quien está a las puertas de un desahucio.

Por último quedan los bancos. Un poder fáctico, un lobby de presión que se aprovecha de los ciudadanos mientras el Estado mira hacia otro lado.

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Sentí indignación al ver cómo la película me recordaba que el Estado de Derecho de nuestro país está herido de gravedad. Me emocioné con las historias personales de Sonia, Dani, Mercedes, Martín, Tomás, Pablo y Jaime. La vergüenza, el miedo, el vértigo, la incomprensión, el amor, la violencia y el perdón anticiparon la catarsis, por llamarlo de alguna forma, del final con el que es imposible no pensar en la PAH, que aunque no se nombra, está ahí como el camino correcto a seguir.

Las plataformas y asociaciones de ciudadanos, movidos por los mismos intereses, que se juntan para luchar por lo que creen justo y dispuestos a llegar a la desobediencia civil, debería ser algo normal en toda sociedad que sepa regenerarse. Como un musical en el cine español, no es algo imposible y, a veces, sale de puta madre.

 

El Rey Tuerto: género esperpento.

Ayer en el Teatro Cervantes de Málaga se estrenó la obra El Rey Tuerto, de Marc Crehuet. Eso sí, como largometraje a concurso en la 19 edición del Festival de Cine Español de Málaga. La existencia previa de la obra de teatro homónima auguraba para la película el mismo éxito que obtuvo la obra en los escenarios de nuestro país. Y debo decir que no defraudó. El Rey Tuerto es cine del bueno: diversión con incidencia social.

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En esta adaptación al cine, Marc Crehuet no sólo mantiene a los mismos actores y actrices, a cual mejor. Hay otros muchos elementos que son netamente teatrales. Los decorados son austeros. Ya desde los títulos de crédito del inicio se aprecia una estética cuidada que está al servicio del concepto, lo va reduciendo en una cocción lenta sin ingredientes superfluos hasta extraer toda su potencia, como en un buen suquet de peix. Casi la totalidad de la historia transcurre en el interior del piso de David (Alain Hernández) y Lidia (Betsy Túrnez). Paredes empapeladas de donde cuelgan unas cuantas fotos de viajes y una ventana con rejas. Símil depurado del espíritu de esta pareja.

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Desde una óptica platónica, los personajes de David y Nacho (Miki Esparbé) encarnan dos ideas arquetípicas. Todos los policías antidisturbios de nuestro país y todos los antisistema existirían porque participan de algún modo de esas ideas. Son personajes extremos, con unos rasgos esenciales tan marcados que se convierten en caricaturas, dando lugar a secuencias absurdas muy cómicas. En este sentido, la obra está directamente emparentada con el género teatral del esperpento, donde una deformación exagerada de la realidad nos devuelve la imagen desnuda de nuestra sociedad.

La tesis argumental es que, si hay una verdad en este mundo esa es la búsqueda de la felicidad. Pero la felicidad tiene que ver con comprender uno su posición en el mundo, donde el mundo parece ser el elemento objetivo en la ecuación cuyo resultado es la felicidad. Lo que sucede es que, en realidad, la imagen del mundo, aquello que creemos fuera de nosotros, nuestro contexto, no deja de ser una construcción del sujeto, una interpretación. Cuando la interpretación del mundo es extremadamente simple provoca respuestas tendentes a la indiferencia y a la violencia. Mientras que una interpretación excesivamente compleja puede hacernos caer en la auto-complacencia y en la ineficacia.

¿Qué hacer entonces? ¿Cómo hemos de pensar para ser felices? ¿Es el hedonismo egoísta de Lidia la solución? ¿O llevará razón Sandra (Ruth Llopis) defendiendo la posición socrática del intelectualismo moral? La respuesta la hallarás en la película. Y si todo esto no te motiva demasiado, ¿qué me dices de un tuerto que hace de lazarillo para el poli garrulo que le reventó un ojo? En serio, esta película tienes que verla.

El cuarto poder en el séptimo arte

Spotlight, Todos los hombres del presidente, Network, Nightcrawler. Acomódense, así es el periodismo visto desde una butaca.

No sé cuántos guionistas y directores, con más o menos acierto, han hecho de las suyas para exhibir el periodismo al desnudo. Pero una cosa tengo clara, los films de este palo que más me han impactado no son complacientes con la moral simplificada que acompaña a todo desnudo y que tanto gusta en Hollywood. A muchos no les basta el obsceno romanticismo de la mirada. Quienes no se conforman con el espejo del alma lo hacen añicos arrojándose a la búsqueda de la verdad, sin miedo a airear una atmósfera enrarecida o producir el sofoco por un olor incómodo.

¿Lo consigue Thomas McCarthy en Spotlight? Por lo pronto se ha llevado el BAFTA al mejor guión original junto con su compañero de proyecto Josh Singer.

Spotlight (2015)

 

Alguien podría afirmar que la película trata de los abusos a menores cometidos por “un puñado” de curas de Massachussets, pero no es así. Es el funcionamiento del cuarto poder lo que importa, sus mecanismos y los contratiempos que surgen en su desarrollo. El uso de los métodos inductivo y deductivo en la investigación, el código deontológico que Liev Schreiber, el nuevo jefe, hace que renazca en el equipo independiente que dirige Michael Keaton. La cinta es una magnífica guía de cómo el periodismo puede evitar el amarillismo y ser un contrapeso esencial para que un sistema democrático se mantenga lo más sano posible.

El cuarto poder, el periodismo, debe velar por la salud de nuestras democracias. Ésta podría ser la tesis compartida con Todos los hombres del presidente (1976), de Alan J. Pakula. Quizás esta última esté más centrada en el voluntarismo heroico de Robert Redford y Dustin Hoffman, pero mantiene la misma perspectiva: mostrar un periodismo esperanzador y bien intencionado (capaz de hacer caer al mismísimo presidente de los Estados Unidos).

Todos los hombres del presidente (1976)

 

Spotlight está bien hecha. Se nota la mano del Josh Singer de El ala oeste de la Casa Blanca. Y demuestra que se pueden utilizar notas graves de piano aunque no haya semidioses derrotando ellos solitos al sistema. Sin embargo, por ponerle una pega a esta gran película, me hubiese gustado ver una crítica más potente a la profesión periodística, más allá de presentar el subconsciente colectivo como la única amenaza que puede anular el ímpetu del grupo investigador.

De 1976 también es Network, de Sidney Lumet. Se llevó cuatro Oscar, como Todos los hombres del presidente. Entre ellos el de mejor guión original, al igual que Spotlight en los BAFTA. La diferencia entre las dos es… es… complementaria! Network tiene un arranque estremecedor, es el Black Mirror de la época: un presentador de informativos está tan deprimido y presionado por la pérdida de audiencia que anuncia a los telespectadores  que se pegará un tiro en directo en el siguiente programa. Todo vale cuando lo que importa son los beneficios. La cadena dicta y el periodista es exprimido hasta… bueno, tenéis que verla.

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Network (1976)

 

En la misma línea argumental se mueve Nightcrawler (2014), de Dan Gilroy. La historia de un despiadado cazador de sucesos de la ciudad de Los Ángeles. La audiencia manda. La competencia salvaje justifica la destrucción del código deontológico y es capaz de alejar a una sociedad de la verdad. Las consecuencias de un amarillismo puro y duro hasta la náusea.

Nightcrawler (2014)

 

La verdad es un todo que se desvela en la lucha de contrarios. Spotlight, con interpretaciones sobrias y un buen guión, es capaz de mostrar parte de la verdad del periodismo como lo que debería ser: el cuarto poder.